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Volar del nido

Volare oh oh

En los tiempos que corren y en la carrera del traductor tiene que haber un punto que no puede faltar en su curriculum y en su experiencia. Estoy hablando de viajar y de vivir fuera. Todo traductor suele ser viajero por naturaleza y los que no lo son son (por desgracia) como el lince ibérico: en (peligro de) extinción. Todo esto lo digo por una mera cuestión práctica: si los idiomas son nuestra herramienta de trabajo hay que tenerlos «actualizados» lo antes posible y evitar que estén oxidados o que no sean todo lo funcionales que tendrían que ser. Por supuesto la estrategia «doméstica» puede dar sus frutos: las academias y el estudio en casa resultarán efectivos pero, ¿por qué cerrar las puertas de una experiencia tan fantástica como la de vivir en el extranjero?

Lo que a muchos tira para atrás es el miedo y la comodidad. El miedo a enfrentarse a la vida «desde cero» en un entorno que aparentemente es hostil y frío donde hemos dejado la comodidad del hogar con los círculos sociales que nos hace aferrarnos a lo que conocemos. No todo cambio debe ser forzosamente malo, únicamente es diferente.

Hablo desde la experiencia. He estado trabajando 6 meses en Francia este último año y ha sido la primera vez que he salido. Yo siempre he sido de los aventureros que han querido volar del nido en cuanto han tenido oportunidad: miré con envidia a aquellos que se fueron de Erasmus cuando yo no pude hacerlo y en cuanto vi que podía meter la cabeza en el país galo no dudé un segundo. El trabajo no ha sido de ensueño (he trabajado como operador de atracciones en el parque temático Disneyland Resort Paris) pero me ha servido como trampolín para lanzarme a lo que es la vida: sin nadie, con un trabajo y en un lugar totalmente desconocido. El mayor obstáculo: mi oxidado francés. Durante mis años de carrera lo más que llegué a usar el francés fue siempre en dirección hacia el español, por lo que mi comprensión no era mala (solía captar el mensaje general) pero mi producción era bastante pobre (llegaba a comprender los verbos pero luego no era capaz de utilizarlos).

Y no se me acabó el mundo, señores. La gente no es tan mala como la pintan (especialmente a los pobres franceses, que tienen sus cosas como todos nosotros) y la situación fue poco a poco siendo más cómoda para mí. En el 6º día de estancia en Francia superé mi formación en la atracción tras 4 horas de examen (completamente en francés, como es normal, y en las que debía explicar que entendía claramente diversos procesos de evacuación en caso de emergencia) y poco a poco la maquinaria comenzó a marchar. Como en todo, había días buenos y otros no tanto, pero mi evolución con el idioma fue escalando de una forma bastante asombrosa. Tanto que no me avergüenzo en decir que 6 meses en el extranjero me han hecho mejorar más que 6 años de aprendizaje «doméstico».

La clave es simple y evidente: o usas el idioma o mueres. Claro está que me he relacionado con muchos hispanohablantes, pero para las compras, para relacionarte con tus compañeros de trabajo y el resto de francófonos y anglófonos tuve que usar de seguido mis lenguas de trabajo, que se convirtieron más imprescindibles que nunca. Mi inglés también mejoró, pero no tanto como mi francés (al que le hacía mucha falta). El resultado es que me desenvuelvo con bastante soltura en un ambiente francófono en el día a día; y lo más importante es que he sobrevivido. Entiendo que haya a gente que le cueste demasiado salir de casa y animarse a vivir esta aventura, pero creedme cuando os diga (los que la han vivido lo entenderán) que una vez que sales fuera toda tu perspectiva cambia y el mundo parece un lugar menos frío donde encontrarte personas que te hacen dudar de si ese hostil sitio en el que aterrizaste el primer día se ha convertido poco a poco en una rama en la que empezar a montar tu propio nido.

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